lunes, 11 de junio de 2012

Olor a madera

Hoy entré a mi casa y había olor a madera. Mi olor preferido en todo el mundo. El mismo olor que aún tienen los cajones de la cómoda que hizo mi viejo y donde él guardaba su ropa con olor a aserrín. 


En invierno siempre volvía de la carpintería con aroma a troncos frescos impregnado en su piel y pedacitos de viruta arremolinados en su pullover. Era su olor permanente y no se le iba ni cuando se echaba litros de perfume para ir a cenar. Él después de tantos años respirándolo ya ni se lo sentía, nosotras ansiábamos sentir ese perfume a carpintería para cerciorarnos que ya estaba ahí, con su olor y sus silbidos, con sus cantos en la cocina y su bullicio de felicidad. 


Pero pese a ser uno de los olores que más disfruté en la vida, cuando no hubo más vida no quise volver a olerlo. El recuerdo es muy fuerte y el dolor es muy grande. No importa cuánto me guste el olor a madera recién cortada, a viruta arremolinada en un pullover, si no viene con papá que no venga. 


Han pasado ya dos años y medio que no hay olor a madera fresca en mi casa. La cómoda sigue oliendo como el primer día que la trajo, pero no hay nada que sacar de ahí, no hay motivos para acercarse y oler. No hay ropa con viruta, no hay pulloveres con perfume para ir a cenar. Abrir la cómoda es revolver olores que no llevan a ningún lado más que a recuerdos que no quiero evocar. Como si pasar delante de cualquier carpintería con sus máquinas encendidas, su viruta propia y su madera fresca no fueran suficientes sensaciones que me llevan a algo que ya no está.  


Hoy entré a mi casa y había olor a madera. El olor que, ahora, más odio en el mundo.